El
inquietante ritmo de sus latidos era cada vez más impetuoso. Ella no resistía
la congoja de su tórax, que batallaba sin cesación por dejar salir al corazón.
Quería huir de aquel lugar, su cárcel. Planeaba minuciosamente su fuga y
en cada intento allí estaba él; cerrando las puertas, asegurando los
ventanales, reforzando el portalón, cambiando cerrojos y asegurándose de que
solo fueran ellos dos.
No
había dudas, él la quería presa de su piel, de su erudita y ardiente manera
de amarla. No era amor, pero la tenía, era suya, verla temblar era su mayor
deleite. Ella resolvió extirpar su corazón para inhumarlo y salir en su
búsqueda una vez consiguiera redimirse de su yugo. Pero, cada vez que le miraba
a los ojos, era tanta su devoción y la manía por ser poseída, dejar que sus
manos la arroparan, que olvidó su plan de fuga y se cobijaba sobre su
complexión, una y otra vez. Y se halló a sí misma por dos centenares de
años.
Virginia Suero
Muy bien Virginia! Sigue cultivando ese talento!
ResponderEliminarMuchas gracias, doña Grisel! :D
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