lunes, 9 de diciembre de 2013

“Alma sumergida” (Por: Virginia Suero)


Un café negro cargado de sentimientos secuestrados, era lo que ella tenía por alma. Le resultaba tan fácil ahogarse en su tinta negra, mezclada con lágrimas que nacían de la negación. No, no y no...No es amor, es un espejismo, no lo acepto, no es lo que deseo, no mueve mi mundo...no me entristece y me protege. No puede ser para mí. 

Una y otra vez culpaba a su karma, pero se presentó esa sombra que, por décadas, permanecía alejada y sin deseos de volver. Lo encontró en un recóndito lugar, lejos de la civilización, entre montañas oscuras. Era media noche. Tenía esa intensa, oscura y penetrante mirada que le permitía ver con claridad que solo allí moraba la compañía sincera que anhelaba. 

Él sostuvo sus manos, las estrechó y exclamó angustiado: - ¡Aquí estoy! ¿No ves que lo único que deseo es borrar de tu memoria el dolor, la desesperanza, la desconfianza? Confía, se puede. Y si aquél verdugo, incapaz de ver la paz en tu ser, la supremacía de tus sentimientos, tu deseo de serle fiel, de acompañarle, yo estaré contigo a cambio de nada. Ese infame al que le regalas tu cuerpo en espera de amor, que tira de tus huesos y tu piel cual viejo sombrero que encontró dentro de un viejo y mugroso baúl.  ¿Todo eso por amor? ¿Abandonarte por amor? ¿Aun así lo amas? ¿A eso le llamas amar? 

-Suelta esa almohada, abandona las sábanas, sal de la cama. No temas, lo único que quiero tocar de ti es el corazón, tus pensamientos y que  tu sublime y sensual voz solo sepan pronunciar mi nombre. Déjame ser ese que borre tu pasado y que diseñe tu futuro. ¡Ayúdate, ayúdame! ¡Abre los ojos, por favor despierta! No quiero luchar solo, levántate de esa cama, habla, camina, regala esa vieja sonrisa a tu mundo, a tu familia, ellos te esperan en casa, con fe. Tiene fe en mi, vine a rescatarte de tus sombras.

De no aceptar mis peticiones, cambiaría mi libertad para dártela y la vivas intensamente. Estas paredes blancas, cercadas por rejas de acero, serán mi morada y así podrás caminar en medio de las vías, sin rumbo, pero libre de ese hombre que te mantiene esclava de su pasión, del fuego de su piel ¡Ya no soporto ver tus manos atadas, ni el llanto que corre por tus mejillas sin que se escuche siquiera un sollozo!

Descalza, con los brazos y los ojos ensangrentados, se levantó del piso y miró al espejo. Un grito ahogado salió de su boca y con la lengua entumecida solo balbuceaba: -duele, duele, se marchó. Extendió sus manos, miró alrededor, se aseguró de estar a solas. Estaba vacía de tanto llorar y vio cómo su alma se despidió y nadaba entre las lágrimas que dejó en el piso.

Desde ese momento renunció a su ser para volver a nacer. Solo conservaba el viejo vestido gris, destruido y manchado por todas las noches, que en su angustiosa soledad, solía desgarrar con su airada necesidad de compañía. 

Virginia Suero                                                                                                                


No hay comentarios:

Publicar un comentario