Un café negro cargado de sentimientos
secuestrados, era lo que ella tenía por alma. Le resultaba tan fácil ahogarse
en su tinta negra, mezclada con lágrimas que nacían de la negación. No, no y
no...No es amor, es un espejismo, no lo acepto, no es lo que deseo, no mueve mi
mundo...no me entristece y me protege. No puede ser para mí.
Una y otra vez culpaba a su karma, pero
se presentó esa sombra que, por décadas, permanecía alejada y sin deseos de
volver. Lo encontró en un recóndito lugar, lejos de la civilización, entre
montañas oscuras. Era media noche. Tenía esa intensa, oscura y penetrante
mirada que le permitía ver con claridad que solo allí moraba la compañía
sincera que anhelaba.
Él sostuvo sus manos, las estrechó y
exclamó angustiado: - ¡Aquí estoy! ¿No ves que lo único que deseo es borrar de
tu memoria el dolor, la desesperanza, la desconfianza? Confía, se puede. Y si
aquél verdugo, incapaz de ver la paz en tu ser, la supremacía de tus
sentimientos, tu deseo de serle fiel, de acompañarle, yo estaré contigo a
cambio de nada. Ese infame al que le regalas tu cuerpo en espera de amor, que
tira de tus huesos y tu piel cual viejo sombrero que encontró dentro de un
viejo y mugroso baúl. ¿Todo eso por amor? ¿Abandonarte por amor? ¿Aun así
lo amas? ¿A eso le llamas amar?
-Suelta esa almohada, abandona las
sábanas, sal de la cama. No temas, lo único que quiero tocar de ti es el
corazón, tus pensamientos y que tu sublime y sensual voz solo sepan
pronunciar mi nombre. Déjame ser ese que borre tu pasado y que diseñe tu
futuro. ¡Ayúdate, ayúdame! ¡Abre los ojos, por favor despierta! No quiero
luchar solo, levántate de esa cama, habla, camina, regala esa vieja sonrisa a
tu mundo, a tu familia, ellos te esperan en casa, con fe. Tiene fe en mi, vine
a rescatarte de tus sombras.
De no aceptar mis peticiones, cambiaría
mi libertad para dártela y la vivas intensamente. Estas paredes blancas,
cercadas por rejas de acero, serán mi morada y así podrás caminar en medio de
las vías, sin rumbo, pero libre de ese hombre que te mantiene esclava de su
pasión, del fuego de su piel ¡Ya no soporto ver tus manos atadas, ni el llanto
que corre por tus mejillas sin que se escuche siquiera un sollozo!
Descalza, con los brazos y los ojos
ensangrentados, se levantó del piso y miró al espejo. Un grito ahogado salió de
su boca y con la lengua entumecida solo balbuceaba: -duele, duele, se marchó.
Extendió sus manos, miró alrededor, se aseguró de estar a solas. Estaba vacía
de tanto llorar y vio cómo su alma se despidió y nadaba entre las lágrimas que
dejó en el piso.
Desde ese momento renunció a su ser para
volver a nacer. Solo conservaba el viejo vestido gris, destruido y manchado por
todas las noches, que en su angustiosa soledad, solía desgarrar con su airada
necesidad de compañía.
Virginia
Suero
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