martes, 10 de diciembre de 2013

"Calcinada hasta la dermis"

Mientras sonaban las melancólicas cuerdas de un violín, la ventana pintaba nubes grises, hendía la ventisca fría que intentaba cicatrizar las lágrimas que derramaban las paredes de la habitación. Una gota tras otra gota, puertas de madera astillada golpeaban los marcos con sonido descortés; atajaban su paz.

El inquietante ritmo de sus latidos era cada vez más impetuoso. Ella no resistía la congoja de su tórax, que batallaba sin cesación por dejar salir al corazón. Quería huir de aquel lugar, su cárcel. Planeaba minuciosamente su  fuga y en cada intento allí estaba él; cerrando las puertas, asegurando los ventanales, reforzando el portalón, cambiando cerrojos y asegurándose de que solo fueran ellos dos. 

No había dudas, él la quería presa de su piel, de su erudita y ardiente manera de amarla. No era amor, pero la tenía, era suya, verla temblar era su mayor deleite. Ella resolvió extirpar su corazón para inhumarlo y salir en su búsqueda una vez consiguiera redimirse de su yugo. Pero, cada vez que le miraba a los ojos, era tanta su devoción y la manía por ser poseída, dejar que sus manos la arroparan, que olvidó su plan de fuga y se cobijaba sobre su complexión, una y otra vez. Y se halló a sí misma por dos centenares de años.   
                                                                                                              

 Virginia Suero  

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